6th Sunday of Easter | 6.º domingo de Pascua
Homily for May 10, 2026 (6th Sunday of Easter, Mothers’ Day)
Acts 8:5-8, 14-17; Psalm 66; 1 Peter 3:15-18; John 14:15-21
When I was in law school years ago, one of the courses I took was Evidence. Much of the course focused on the relevant rules and practical skills such as laying the foundation required to have something admitted into evidence. We also learned the importance of practicing demonstrations and preparing witnesses prior to a deposition or trial. A compelling demonstration and a strong witness can win a case. A failed demonstration or a confused or dissembling witness can lose one.
As we near the end of this Easter season and prepare for Pentecost in a couple of weeks, Jesus assures us that we have an Advocate, the Holy Spirit, to be with us. The Greek word paráklētos broadly refers to one who stands by another, like a defense lawyer who serves as an advocate and a counselor. By teaching, encouraging, guiding and sometimes challenging us, the Holy Spirit helps us to be stronger witnesses to our faith and demonstrate God’s power in our lives.
St. Philip went to Samaria in the wake of the martyrdom of St. Stephen and the persecution of the church in Jerusalem led by Saul (Acts 8:1b-3). Although they had similar roots in the house of Jacob, historical, cultural and religious differences had alienated Samaritans and Jews. That ill feeling was so strong that Jews avoided contact with Samaritans and their territory for fear of becoming ritually impure.
But following the example of Jesus when he encountered the Samaritan woman at Jacob’s well (John 4:4-42), Philip proclaimed Christ to them and performed signs. That proclamation and demonstration of the Spirit’s power at work in Philip moved them to believe, and when the apostles came and laid hands on them, they also received the gift of the Holy Spirit.
In a world where people too often build walls instead of bridges, where politicians and algorithms exploit our differences and anxieties, and we speak past each other without making the effort to listen, the Holy Spirit gives us the power to build communion. As we heed St. Peter’s exhortation, “Sanctify Christ as Lord in your hearts,” we grow in our ability to share with others the reasons for our hope with gentleness, reverence and clean consciences.
Do we sin? Yes. Will we stumble at times? Of course. Do our words and actions sometimes fail to match the faith we profess? Sure. The good news is that we do not stand in the dock of life alone. We have a God—Father, Savior and Advocate—who stands with us and will do for us what we cannot do for ourselves. jc
Homilía del 10 de mayo de 2026 (6.º domingo de Pascua, Día de la Madre)
Hechos 8, 5-8. 14-17; Salmo 66; 1 Pedro 3, 15-18; Juan 14, 15-21
Cuando estudiaba Derecho hace años, una de las asignaturas que cursé fue «Evidencia». Gran parte del curso se centró en las normas pertinentes y en habilidades prácticas, como sentar las bases necesarias para que algo fuera admitido como prueba. También aprendimos la importancia de practicar demostraciones y preparar a los testigos antes de una declaración o un juicio. Una demostración convincente y un testigo sólido pueden ganar un caso. Una demostración fallida o un testigo confuso o evasivo pueden perderlo.
A medida que nos acercamos al final de este tiempo de Pascua y nos preparamos para Pentecostés dentro de un par de semanas, Jesús nos asegura que tenemos un Abogado, el Espíritu Santo, que está con nosotros. La palabra griega paráklētos se refiere, en sentido amplio, a quien está al lado de otro, como un abogado defensor que actúa como defensor y consejero. Al enseñarnos, animarnos, guiarnos y, a veces, desafiarnos, el Espíritu Santo nos ayuda a ser testigos más fuertes de nuestra fe y a demostrar el poder de Dios en nuestras vidas.
San Felipe se dirigió a Samaria tras el martirio de San Esteban y la persecución de la Iglesia en Jerusalén liderada por Saulo (Hechos 8, 1b-3). Aunque tenían raíces similares en la casa de Jacob, las diferencias históricas, culturales y religiosas habían distanciado a los samaritanos y a los judíos. Ese resentimiento era tan fuerte que los judíos evitaban el contacto con los samaritanos y su territorio por temor a quedar ritualmente impuros.
Pero siguiendo el ejemplo de Jesús cuando se encontró con la mujer samaritana en el pozo de Jacob (Juan 4, 4-42), Felipe les anunció a Cristo y realizó signos. Esa proclamación y demostración del poder del Espíritu actuando en Felipe los movió a creer, y cuando los apóstoles llegaron y les impusieron las manos, también recibieron el don del Espíritu Santo.
En un mundo en el que con demasiada frecuencia se construyen muros en lugar de puentes, donde los políticos y los algoritmos explotan nuestras diferencias y ansiedades, y hablamos sin escucharnos unos a otros, el Espíritu Santo nos da el poder de construir la comunión. Al hacer caso a la exhortación de San Pedro: «Santificad a Cristo como Señor en vuestros corazones», crecemos en nuestra capacidad de compartir con los demás las razones de nuestra esperanza con mansedumbre, reverencia y conciencia limpia.
¿Pecamos? Sí. ¿Tropezaremos a veces? Por supuesto. ¿Acaso nuestras palabras y acciones no se corresponden a veces con la fe que profesamos? Claro. La buena noticia es que no estamos solos en el banquillo de la vida. Tenemos un Dios —Padre, Salvador y Abogado— que está a nuestro lado y hará por nosotros lo que no podemos hacer por nosotros mismos. jc
Traducción realizada con la ayuda de DeepL.com®



