Discipleship in an Age of Disruption | El discipulado en una era de cambios
Homily for September 7, 2025 (23rd Sunday in Ordinary Time)
Wisdom 9:13-18b; Psalm 90; Philemon 9-10, 12-17; Luke 14:25-33
The late E.O. Wilson (d. 2021), a native of Alabama, was a pioneer in the field of Sociobiology. He was also an accomplished writer, winning two Pulitzer Prizes for nonfiction. In a 2009, he engaged in a debate at Harvard University with James D. Watson, the Nobel Prize-winning molecular biologist and zoologist. The occasion was the 150th anniversary of The Origin of Species, Charles Darwin’s groundbreaking work on the theory of evolution and natural selection.
During the debate, Wilson observed, “The real problem of humanity is the following: we have paleolithic emotions, medieval institutions, and god-like technology.” In a way, he echoed what the author of the Book of Wisdom observed more than 2100 years ago: “For the deliberations of mortals are timid, / and unsure are our plans. / For the corruptible body burdens the soul / and the earthen shelter weighs down the mind that has many concerns. / And scarce do we guess the things on earth… / but when things are in heaven, who can search them out?”
Scientific and technological advances sometimes outpace our comprehension of their potential benefits and hazards. Artificial intelligence, for example, has demonstrated a host of possible applications, from improving our writing to enabling us to better diagnose and treat diseases. It also raises a host of concerns, including the risk that it could destroy humanity and life as we know it because we have not yet created the needed ethical guardrails to govern its responsible development and uses.
“Progress” can become an idol. Jesus warns us that the people and things we possess and to which we cling most tightly are often those we need to renounce if we want to be his disciples. St. Paul had to let go of any claim he had on Onesimus, a runaway slave who had become a dear and useful friend. But in returning him to Philemon, he also pleaded with him to receive Onesimus as “no longer a slave but more than a slave, a brother.”
Our relationship with Jesus change all our relationships, from the most intimate to the most abstract, from the seemingly minor to the most consequential. Why? Because it changes us. The ways we live with our families, fellow workers, parishioners, people in our neighborhoods and fellow creatures, as well as the things we create—all of these should be different because we are disciples of Jesus.
On August 27, our nation watched in horror as two children were killed and 18 people injured in a shooting during Mass at Annunciation Catholic School in Minneapolis. One of the guns the shooter fired was developed for military use and delivered dozens of rounds in a matter of seconds. It was a tragic and maddening reminder that technology has enabled us to become increasingly efficient at doing great evil as well as doing good.
It was also a reminder that, since the time of Cain and Abel, nothing has been more lethal than the human heart and mind. We need divine inspiration and human creativity to master our emotions, strengthen and reform our institutions, and use technology for enhancing life and human dignity, not destroying them. jc
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Homilía para el 7 de septiembre de 2025 (23.º domingo del tiempo ordinario)
Sabiduría 9:13-18b; Salmo 90; Filemón 9-10, 12-17; Lucas 14:25-33
El difunto E.O. Wilson (fallecido en 2021), natural de Alabama, fue un pionero en el campo de la sociobiología. También fue un consumado escritor, ganador de dos premios Pulitzer de no ficción. En 2009, participó en un debate en la Universidad de Harvard con James D. Watson, biólogo molecular y zoólogo ganador del Premio Nobel. La ocasión fue el 150 aniversario de El origen de las especies, la innovadora obra de Charles Darwin sobre la teoría de la evolución y la selección natural.
Durante el debate, Wilson observó: «El verdadero problema de la humanidad es el siguiente: tenemos emociones paleolíticas, instituciones medievales y tecnología divina». En cierto modo, se hizo eco de lo que observó el autor del Libro de la Sabiduría hace más de 2100 años: «Porque las deliberaciones de los mortales son tímidas, / e inciertos son nuestros planes. / Porque el cuerpo corruptible agobia al alma / y el refugio terrenal agobia a la mente que tiene muchas preocupaciones. / Y apenas adivinamos las cosas de la tierra... / pero cuando las cosas están en el cielo, ¿quién puede buscarlas?».
Los avances científicos y tecnológicos a veces superan nuestra comprensión de sus posibles beneficios y peligros. La inteligencia artificial, por ejemplo, ha demostrado tener una gran cantidad de aplicaciones posibles, desde mejorar nuestra escritura hasta permitirnos diagnosticar y tratar mejor las enfermedades. También plantea una serie de preocupaciones, entre ellas el riesgo de que pueda destruir la humanidad y la vida tal y como la conocemos, porque aún no hemos creado las barreras éticas necesarias para regular su desarrollo y uso responsables.
El «progreso» puede convertirse en un ídolo. Jesús nos advierte que las personas y las cosas que poseemos y a las que nos aferramos con más fuerza son a menudo aquellas a las que debemos renunciar si queremos ser sus discípulos. San Pablo tuvo que renunciar a cualquier derecho que tuviera sobre Onésimo, un esclavo fugitivo que se había convertido en un amigo querido y útil. Pero al devolverlo a Filemón, también le suplicó que recibiera a Onésimo «ya no como esclavo, sino como algo más que un esclavo, como un hermano».
Nuestra relación con Jesús cambia todas nuestras relaciones, desde las más íntimas hasta las más abstractas, desde las aparentemente menores hasta las más trascendentales. ¿Por qué? Porque nos cambia a nosotros. La forma en que vivimos con nuestras familias, compañeros de trabajo, feligreses, vecinos y semejantes, así como las cosas que creamos, todo ello debería ser diferente porque somos discípulos de Jesús.
El 27 de agosto, nuestra nación observó con horror cómo dos niños morían y 18 personas resultaban heridas en un tiroteo durante la misa en la escuela católica Annunciation de Minneapolis. Una de las armas que utilizó el tirador fue desarrollada para uso militar y disparó docenas de balas en cuestión de segundos. Fue un trágico y enloquecedor recordatorio de que la tecnología nos ha permitido ser cada vez más eficientes tanto para hacer el bien como para hacer el mal.
También fue un recordatorio de que, desde los tiempos de Caín y Abel, nada ha sido más letal que el corazón y la mente humanos. Necesitamos inspiración divina y creatividad humana para dominar nuestras emociones, fortalecer y reformar nuestras instituciones, y utilizar la tecnología para mejorar la vida y la dignidad humana, no para destruirlas. jc
Asistencia de traducción por DeepL.com®



