Instruments of Peace
Homily for September 21, 2025 (25th Sunday in Ordinary Time)
Amos 8:4-7; Psalm 113; 1 Timothy 2:1-8; Luke 16:1-13
There aren’t too many resolutions at the United Nations that are endorsed unanimously. In 1981, however, one of those exceptional resolutions was approved. It called for the establishment of an International Day of Peace, what the UN calls “a globally shared date for all humanity to commit to Peace above all differences and to contribute to building a Culture of Peace.”
Peace Day is annually observed on September 21—today. But given the state of our world, can we honestly say we’re observing it? From Gaza to Colombia, Yemen to Nepal, from the streets of London and Saõ Paulo to the streets of Chicago, from Catholic schools in Minnesota and Nigeria to Utah Valley University, that vision of peace in our world is at best a hazy and distant dream.
The reasons for these and other conflicts in our world are as complex as the people and nations involved. However, one thread that we often find woven through them is injustice. Indeed, injustice is itself a form of violence because it injures and diminishes each person subjected to it—a person made in God’s image and likeness. Although we don’t always acknowledge it, injustice also warps the minds and hearts of those who create, rationalize, and benefit from it.
The words of the prophet Amos vividly underscore the destructive reach of injustice. Those who are poor and needy are trampled and destroyed by those who cannot wait for the Sabbath to end so that they can continue and intensify their economic exploitation. Dishonest measurements and inflated currency are used to sell substandard goods to those who have nowhere else to go. Those corrupted by greed “buy the lowly for silver, and the poor for a pair of sandals.” God, the prophet assures us, will not forget these injustices.
But we can’t forget God is concerned for everyone, rich and poor alike. As we heard in last week’s gospel: “God did not send his Son into the world to condemn the world, but that the world might be saved through him” (John 3:17). In his letter to Timothy, St. Paul asks his young protégé to offer “supplications, prayers, petitions, and thanksgivings...for everyone, for kings and for all in authority, that we may lead a quiet and tranquil life”—in other words, to live in peace.
Jesus uses a parable about a dishonest and desperate steward not to promote mendacity but to emphasize how important it is for his disciples to be as creative, driven and prudent in how we use the true wealth of the gospel. At the same time, the Lord plainly tells us, “No servant can serve two masters….You cannot serve both God and mammon (wealth).” When we serve God, we live in peace. When we serve mammon, greed, dishonesty, injustice and war are inevitable.
Whom or what will we serve? Lord, make us instruments of your peace—in love, pardon, faith, hope, light, joy, consolation, understanding, and justice. jc
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Homilía para el 21 de septiembre de 2025 (25.º domingo del tiempo ordinario)
Amós 8, 4-7; Salmo 113; 1 Timoteo 2, 1-8; Lucas 16, 1-13
No hay muchas resoluciones en las Naciones Unidas que se aprueben por unanimidad. Sin embargo, en 1981 se aprobó una de esas resoluciones excepcionales. En ella se pedía el establecimiento de un Día Internacional de la Paz, lo que la NU denomina «una fecha compartida a nivel mundial para que toda la humanidad se comprometa con la paz por encima de todas las diferencias y contribuya a la construcción de una cultura de paz».
El Día de la Paz se celebra anualmente el 21 de septiembre, es decir, hoy. Pero, dada la situación de nuestro mundo, ¿podemos decir honestamente que lo estamos celebrando? Desde Gaza hasta Colombia, desde Yemen hasta Nepal, desde las calles de Londres y São Paulo hasta las calles de Chicago, desde las escuelas católicas de Minnesota y Nigeria hasta la Universidad del Valle de Utah, esa visión de paz en nuestro mundo es, en el mejor de los casos, un sueño difuso y lejano.
Las razones de estos y otros conflictos en nuestro mundo son tan complejas como las personas y las naciones involucradas. Sin embargo, un hilo conductor que a menudo encontramos entre ellos es la injusticia. De hecho, la injusticia es en sí misma una forma de violencia porque hiere y degrada a cada persona que la sufre, una persona creada a imagen y semejanza de Dios. Aunque no siempre lo reconozcamos, la injusticia también corrompe las mentes y los corazones de quienes la crean, la racionalizan y se benefician de ella.
Las palabras del profeta Amós subrayan vívidamente el alcance destructivo de la injusticia. Los pobres y los necesitados son pisoteados y destruidos por aquellos que no pueden esperar a que termine el sábado para continuar e intensificar su explotación económica. Se utilizan medidas deshonestas y monedas infladas para vender productos de calidad inferior a quienes no tienen otro lugar adonde ir. Los corruptos por la codicia «compran a los humildes por plata y a los pobres por un par de sandalias». Dios, nos asegura el profeta, no olvidará estas injusticias.
Pero no podemos olvidar que Dios se preocupa por todos, ricos y pobres por igual. Como escuchamos en el evangelio de la semana pasada: «Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por medio de él» (Juan 3:17). En su carta a Timoteo, San Pablo pide a su joven protegido que ofrezca «súplicas, oraciones, peticiones y acciones de gracias... por todos, por los reyes y por todos los que están en autoridad, para que podamos llevar una vida tranquila y apacible», es decir, para vivir en paz.
Jesús utiliza una parábola sobre un mayordomo deshonesto y desesperado, no para promover la mendacidad, sino para enfatizar lo importante que es para sus discípulos ser creativos, motivados y prudentes en el uso de la verdadera riqueza del Evangelio. Al mismo tiempo, el Señor nos dice claramente: «Ningún siervo puede servir a dos señores... No se puede servir a Dios y a las riquezas». Cuando servimos a Dios, vivimos en paz. Cuando servimos a las riquezas, la codicia, la deshonestidad, la injusticia y la guerra son inevitables.
¿A quién o a qué serviremos? Señor, haznos instrumentos de tu paz: en el amor, el perdón, la fe, la esperanza, la luz, la alegría, el consuelo, la comprensión y la justicia. jc
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